Ashley Greene & Michael Sheen También se encuentran en Vancouver para los Re-shoots de Amanecer parte 2
lunes, 30 de abril de 2012
Regarabaciones en Vancouver
Como saben se habían anunciado los Reshoots o regrabaciones de Amanecer parte 2, Robert y Kristen ya se encuentran en Vancouver.
La última vez que utilizarán los lentes de contacto,pelucas y maquillaje para personificar a Edward y Bella.

Fuente: CM
viernes, 27 de abril de 2012
¿Y mi final feliz?
(Imagen en proceso)
SUMMARY
Bella es una
chica como cualquier otra. Sus ventajas, nacer en una familia de dinero, unos
amorosos padres y un hermano maravilloso, más de lo que se podría desear hasta
que la vida decidió voltearlo todo.
Finalmente
había conseguido amigos, su hermano estaba de vuelta y su vida era todo lo que
quería, su propio cuento de hadas, pero una noticia y una serie de
acontecimientos la llevaron a casi perderlo. A esto se le une su inseguridad,
su terquedad y más de una duda…
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Prologo
Hola, mi nombre es Bella Cullen y son
de New York... Bella Cullen, Isabella Cullen.
Una y otra vez repetía mi nombre
intentando parecer amable frente al espejo. Razón: Nueva Escuela, nuevos
maestros y por ende nuevos compañeros. Toda esta situación era incómoda para mí,
nunca fui muy buena para presentarme ante la gente, socializar no es lo mío.
Pero en esta ocasión debía hacerlo.
Mi mundo cambio desde que mi hermano
gano esa prestigiosa beca para estudiar en Inglaterra, no es que la necesitara,
pero así era él; queriendo forjarse su vida sin ayuda de nadie.
Mi padre, luego de una muy larga
conversación con mi madre tomó una decisión. Y fue así, que un día dispusieron
mudarse. Pero no a cualquier lugar.
- A un lugar tranquilo - dijo mi padre
después de preguntarle y yo asentí alegre de que así fuera. Estaba cansada de
reuniones formales y banquetes. Todo era vestidos de marca, zapatos, bolsos y
autos. Finalmente me desharía de la sociedad consumista de New York a la que lo
único que le interesaba era que si Jimmy Choo o Marc Jacobs.
¿Que como lo sabía?
Ser hija de un reconocido médico y una
muy famosa diseñadora de interiores te dejaba free pass para
todo eso. Ser conocida por mucha gente y en su mayoría hipócrita me hacía
querer ser una tortuga para meterme en mi caparazón y nunca salir. Siempre me
sentí fuera de lugar con esa vida. Así que cuando mis padres hablaron de
mudanza creí que había sido la mejor noticia de mi vida, hasta hoy.
Forks es una ciudad pequeña en
comparación con New York, pero he ahí el problema, era un lugar nuevo...
- Bella, hija. Se hace tarde para tu
primer día de clases - me decía mi madre desde la puerta de mi habitación.
- Un segundo mama, ya bajo - respondí.
Daba gracias a Dios estar en el baño, no quería que mis muy notorios nervios
fueran un tema entre mi madre y yo en estos momentos.
La noche anterior, después de pensar en
la inmortalidad del sapo me di cuenta de que necesitaba urgentemente pasar
desapercibida, ya que aunque solo llevábamos una semana en Forks ya se había
presentado medio pueblo (sino es que todo). La cocina se llenó de tartas,
pasteles, frutas, pescado y delantales. Era agradable sentirse bien recibido en
un lugar, pero después de contar varias veces la misma historia mis padres y yo
ya no queríamos recibir a nadie, pero la educación y buen corazón de mi madre salía
a flote cada vez que el timbre sonaba.
Así que después de pensarlo un rato
decidí hacer una lista de lo que necesitaba hacer. Decidida a seguir el plan que
había elaborado me vestí con mis pantalones favoritos, una polera negra y mis
algo gastados All Stars.
- Lista o no aquí vamos - me despedí de
la chica reflejada en el espejo del baño.
- Bella querida, es tarde y no vas a llegar
a tiempo a tu primera clase, sabes que debes reportarte con el director
primero- decía una Esme con un tono serio.
- Lo se mama, pero es la suerte del
nuevo y más si es el primer día de clases - le sonreí - simplemente esta
excusado - y termine mi jugo de un solo.
- hija, que razonamiento el tuyo - me
contesto respondiendo a mi sonrisa.
- ¿lista? - sentí a mi padre
preguntarme, por lo que voltee asintiendo.
- Si papa y buenos días - me despedí de
mi madre con un dulce beso de ella en mi frente.
Luego de avanzar varias cuadras empecé
a removerme incomoda en el asiento delantero a lo cual el me observaba de
reojo.
- Preciosa ¿Pasa algo? - me pregunto
luego de un minuto de seguir en lo mismo.
- Es solo que... bueno, yo... - no sabía
cómo empezar, como le decía a mi padre que sentía que su auto era muy lujoso
para mi gusto y que mi intención era llegar sin ser notada.
- Lo se preciosa, sé que no deseas que
yo te lleve al instituto todos los días - su resolución aunque correcta me dejo
un extraño sabor de boca.
- Papa, esa no fue mi... - intente
explicarle que no era por él, pero hablo sin dejarme continuar.
- Te conozco Isabella Cullen, más de lo
que tú crees - sonrió - sé que nuestra vida algo ostentosa jamás te ha gustado,
por eso he arreglado las cosas - me dijo viéndome por el retrovisor levantando
sospechosamente las cejas - y solo tendrás que soportarme esta semana.
- eh... yo, papa - no entendí nada - no
es que no quiero que tú me lleves, pero tienes razón, no me siento cómoda
llegando en este auto- ¿quién llega en un Audi a la escuela?, bueno, a esta - y
no es que tenga que soportarte por esta semana - ahora era yo la que sonreía -
no te soporto - y su reacción fue la que esperaba: arrugo su frente - ¿Porque
debería soportarte si me gusta tu compañía? no hay razón para eso - termine
dándole mi más seria mirada (según yo), lo que hizo que sonriera de nuevo.
- Hija, eres tan, no sé. Se te ocurren
unas cosas. Pero tienes razón - siguió mi juego poniéndose serio, aunque en él
era creíble - Yo tampoco te soporto - sus palabras finales fueron la gota de mi
auto control y empecé a reír a lo que él se unió.
Ya habíamos llegado al instituto, tarde
(obviamente) por lo que no había nadie en el estacionamiento. Que suerte la
mía.
- Papa, aun no me dijiste que fue lo
que arreglaste, pero lo dejare para más tarde ya que también va retrasado ¿No
es así Señor Di-rec-tor?- remarque la última palabra para darle importancia.
- Pues sí, voy tarde y usted también
señorita. Así que a moverse- me respondió divertido.
- Tienes razón - asentí- nos vemos papa
- y salí del auto después de despedirlo con un beso en la frente.
Camine lentamente alargando el momento
para aceptar lo que me tocaba, no es que fuera el fin del mundo, yo lo sabía…
yo solo estaba exagerando las cosas, creo.
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Mis niñas ya esta el fic de hoy, de nuestra querida amiga Emma Byze. recuerden comentar y votar, saludos.
Con esto doy por entera la plantilla de historias (por ahora) recuerdes que este hostoria estara los viernes.
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SI TIENES UNA HISTORIA TERMINADA Y QUIERES PARTICIPAR EN NOCHES EN VELA 2, COMUNICATE CONMIGO, YA SABES COMO LOCALIZARME. SALUDOS Y ANIMATE...
martes, 24 de abril de 2012
Cowboy de mi corazón
¡Imagen en proceso!
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Cowboy de mi corazón
Prólogo
Huraño y solitario, frío cual témpano de hielo... esos eran los adjetivos que describían perfectamente a Edward Cullen, hijo pequeño del acaudalado y poderoso ranchero Carlisle Cullen, patriarca de una de las familias más ricas del sureste de Texas.
Edward siempre había jurado y perjurado que no permitiría que ninguna otra mujer volviera a destrozar su corazón... hasta que apareció ella, suave y delicada cómo el rocío, tímida e inocente, y con una serena belleza; nunca pensó que Bella Swan cambiaría su triste y amargada existencia. Su reticencia hacia las mujeres, sumada a los casi diez años que le sacaba a Bella opacaron unos extraños sentimientos que empezaron a aflorar en su interior.
Capítulo 1: La familia Cullen
Carlisle Cullen revisaba con paciencia y esmero los albaranes del último mes. Cansado de tanto papeleo, se reclinó contra la confortable silla giratoria de cuero, y dado que estaba sólo, apoyó los pies en la enorme mesa de caoba que presidía su despacho en la casa familiar.
Hacía casi ochenta años que su abuelo, también llamado Carlisle, había desembarcado en América procedente de Killarney, un pequeño pueblo campesino irlandés, en busca de una mejor calidad de vida y queriendo dejar atrás la pobreza y las desilusiones en las que vivía enclaustrada la Irlanda de aquellos años. Con innumerables esfuerzos y un gran sacrificio, compró un desvencijado rancho y un pequeño terreno adyacente a éste. Dado que no tuvo fortuna al probar con la agricultura, un vecino le previno que esas tierras eran buenas para el ganado. De modo que con el poco dinero que le quedaba, compró cuatro toros y tres vacas, y gracias a algunos sabios consejos, inició un negocio de cría de ganado, que en poco más de dos años dio sus primeros frutos.
Con el dinero que fue ahorrando en sus primeros años, pudo reformar la casa y el establo. El desvencijado rancho, de estilo colonial, y con un precioso porche sostenido por enormes columnas blancas, revivió de nuevo.
Gracias también a unas buenas inversiones en diferentes empresas, pudo ampliar los terrenos y adquirir más cabezas de ganado, de modo que el rancho Killarney, nombrado así en recuerdo de su patria chica, se convirtió en uno de los más importantes de la ciudad de Huntsville, a dos horas en coche de Houston y cerca de la frontera con el estado de Luisiana. Debido a que el precio de ganado se triplicó, manteniéndose en cotas altas durante varios años, en poco menos de quince años, la fortuna que llegó a amasar convirtió su rancho en uno de los más importantes del condado.
Su abuela, Hillary Monrow, provenía de un pequeño pueblo de Oklahoma, y también se había criado en un rancho; la conoció en una subasta de ganado a la que ella acudió con su padre. Desde ese primer encuentro, pasó más de un año, en el que sus visitas a la familia de ella se hicieron cada vez más frecuentes, ya fuera para hacer negocio... o para verla. Se casaron poco tiempo después, y tuvieron dos hijos, Patrick y Bárbara. El no llegó a conocer a su abuelo Carlisle, y la abuela murió cuándo el era apenas un niño.
Su tía Bárbara se casó con un prometedor abogado, trasladándose a San Diego, California, donde vivieron toda su vida; ambos habían fallecido ya, al igual que sus padres.
Al morir el abuelo su padre, Patrick Sinclaire Cullen, tomó las riendas del rancho, considerado ya uno de los mejores del país en lo referente a cría y venta de ganado para distintos sectores empresariales. El primitivo y diminuto establo enseguida se quedó pequeño, y en esos años fueron cuándo se construyeron los establos nuevos. El original quedó destinado a las oficinas. Su madre, Elizabeth, era hija de un comerciante de piensos alimenticios. Tenían un enorme almacén en las afueras de Hunstville; allí se conocieron y se enamoraron.
Tenía diecinueve años cuándo su padre murió, y el rancho pasó a sus manos. En aquella época el estaba en la universidad, y gracias a que tenían un número considerable de empleados, pudo terminar sus estudios antes de tomar las riendas del rancho. Actualmente, el rancho abarcaba tierras de más de 200 hectáreas de superficie, dónde paseaban y pastaban a sus anchas más de dos mil cabezas de ganado. Tenía personas de confianza a su lado, y dado que había aprendido el oficio prácticamente desde la cuna, siguió con la tradición familiar.
Soltó un pequeño suspiro mientras recordaba con nostalgia esos tiempos, ya lejanos; su mirada paseó lentamente por su despacho, deteniéndose en dos portarretratos de plata que descansaban en una pequeña mesita, en el lado derecho de la pared. No pudo evitar sonreír con pesar al observar uno de ellos; una mujer con el pelo color azabache y penetrantes ojos verdes sonreía delicadamente a la cámara.
-Qué guapa estaba en esa foto- dijo, perdido en sus pensamientos y en sus recuerdos. Había conocido a Meredith cuándo chocó con ella accidentalmente a la entrada de una tienda, en el pueblo. Se disculpó por su torpeza, y al hacerlo observó que esas esmeraldas que tenía por ojos tenían un brillo triste y apagado. Impulsivamente, la invitó a tomar un café, y allí sentados, ella le contó un poco su historia.
Meredith y su marido se habían mudado a Hunstville hacia dos años. El trabajaba en el despacho de abogacía del que era dueño Blake Jenkins, uno de sus amigos y abogado de los principales ganaderos del condado. Ella y Billy Black, su marido, tenían un hijo de tres años, llamado Jacob. Desgraciadamente, ocho meses después de su llegada a la localidad, a Billy le diagnosticaron leucemia, y murió seis meses después. El escuchó atentamente sus palabras, sosteniéndole una mano y consolándola lo mejor que pudo; ella y su marido mo tenían más familia.
Meredith estaba buscando un empleo, ya que la pensión de viudedad apenas le daba para llegar a fin de mes. Él, impresionado por su valentía, y un poco atraído por esa belleza morena, le comentó que estaba buscando una secretaria, para ocuparse de los papeleos de compra venta y otras labores administrativas. Le ofreció pasarse por las oficinas del rancho, y dos días después, ya tenía nueva secretaria. Al pequeño le encantaban los animales, y cada vez que Jake iba al rancho, Carlisle lo llevaba a los establos para que viera a los terneros recién nacidos o a los caballos.
Poco a poco Meredith fue recuperando la ilusión, forjando una gran amistad con Carlisle, y poco a poco esa amistad se transformó en amor. Un año y medio después de su accidental encuentro, Meredith y Carlisle contrajeron matrimonio, y los tres iniciaron en la casa principal del rancho Killarney su vida de casados. El pequeño Jacob adoraba a Carlisle; el sentimiento era mutuo por ambas partes, y aunque Jake conservó el apellido de su padre, lo crió cómo si fuera su propio hijo, al que que enseguida se sumaron tres hermanos más, Emmet, Jasper y Edward.
Su vista giró hacia el otro portarretratos. La instantánea pertenecía a la boda de su hijo Emmet con Rosalie, hija de otra de las poderosas familias de ganaderos de la ciudad, los Hale; rodeando a los novios estaban sus hermanos.
Desgraciadamente, Meredith no pudo estar presente en la boda de su hijo. Murió tres días después de haber dado a luz a Edward, tras un complicado y peligroso parto. Sus otros embarazos ya habían sido considerados embarazos de riesgo, teniendo que guardar reposo para que llegaran a buen término. Cuándo nació Jasper decidieron no tener más hijos, pero Edward vino de improviso... y esa vez, no pudo superarlo.
Sintió que una parte de su alma se iba con ella aquel día. Jake tenía ocho años, Emmet cuatro, Jasper dos y Edward apenas tres días. De la noche a la mañana se vio sólo, criando a cuatro niños. Hubo un momento en el que creyó enloquecer por los recuerdos; la había amado desde la primera vez que la vio, y se fue tan joven, con apenas treinta y dos años. Pero tuvo que sacar fuerzas de dónde no las tenía, sus pequeños le necesitaban; ellos fueron el motivo principal por el que seguir viviendo y luchando, y le prometió a Meredith que así lo haría. Con la inestimable ayuda de su madre, se ocupó del negocio y de lo más bonito que le había legado Merry, cómo la llamaba en la intimidad, sus hijos.
Habían pasado veintiocho años, y su madre, que crió sus nietos con un inmenso cariño, hacía tres que había fallecido. Estaba muy orgulloso de sus retoños, todos habían ido a la universidad y trabajaban en el rancho, a excepción de Emmet.
Jake ya tenía treinta y seis años; había heredado el pelo moreno de su madre, y tenía los ojos negros, rasgo de su padre biológico. Poco antes de que Merry muriera, ambos le habían explicado que su verdadero papá estaba en el cielo, por eso él no se apellidaba Cullen, aunque lo fuera a todos los efectos. Sorprendiendo a ambos, el pequeño lo tomó muy bien, presumiendo en el colegio de que tenía dos papás. Era un muchacho alegre y extrovertido, lo mismo que Emmet. También tenía el pelo negro de Meredith, pero sus ojos eran grises, al igual que los de Carlisle. Cómo Jake, ambos eran fuertes y corpulentos, y con un peculiar sentido del humor, rasgo que también heredó Jasper, pero éste, a diferencia de sus hermanos, tenía la cabellera rubia cómo él, clara herencia irlandesa, y los mismos ojos grises que su padre; era el que más se parecía a Carlisle, físicamente hablando, y también en su carácter y forma de ver la vida.
Edward, su hijo pequeño, era el único que había heredado los ojos verdes de su esposa. Su pelo cobrizo siempre estaba despeinado, y aunque Jasper y él no eran tan grandes cómo sus hermanos, también eran fuertes. Sin embrago, el carácter de su hijo pequeño le preocupaba sobremanera; pasó de ser un muchacho alegre y divertido a uno solitario y serio. Desde que rompió su compromiso con Jessica, su novia de toda la vida, se había envuelto en una especie de coraza, y era imposible traspasarla.
Jessica y el se gustaron desde niños, y en la adolescencia empezaron a salir. Ni cuándo el se fue a Harvard y ella a Darmouth, a proseguir sus estudios superiores, interrumpieron la relación. Al finalizar sus estudios universitarios, se comprometieron formalmente, pero un mes antes de la boda, con todo a punto para el gran día, Edward sorprendió a Jessica en la cama con otro hombre, ni más ni menos que con Mike Newton, único hijo del alcalde de Hunstville, y con el que Carlisle nunca se había llevado especialmente bien.
Obviamente, el compromiso se rompió, y cómo en todo pueblo pequeño, la noticia corrió cómo la pólvora. Jessica y Mike se casaron a las pocas semanas de aquello, abandonando Hunstville y trasladándose a Chicago, dónde éste había encontrado trabajo. Desde que ocurrió aquello, Edward cayó en una profunda depresión, de la que le costó mucho tiempo salir; consiguió superar su ruptura con Jessica, pero se cerró en banda a conocer a otras chicas, y de su interior nació una especial y cruel animadversión al cariño y al amor hacia el sexo opuesto. Muchas jóvenes de la localidad suspiraban por Edward Cullen, pero el las espantaba rápidamente, sin darles oportunidad alguna.
Unos golpes suaves en la puerta le sacaron de sus preocupaciones y recuerdos.
-Adelante- por el marco de la puerta apareció la figura de Esme.
-Siento interrumpirte- se excusó ella -Charlie te está buscando, está en el establo de los caballos- le informó. Carlisle la observó con una sonrisa cariñosa. Esme Platt era el ama de llaves de la casa desde hacía diez años, y un poco la que cuidaba de todos ellos desde que su madre no estaba. Era de complexión y estatura pequeñas, y con unas facciones delicadas y amables. Los ojos color ámbar de ella lo miraban con un deje de preocupación. Cerrando la puerta, se acercó a la mesa con cautela.
-¿Qué te ocurre?- apoyó una mano en su hombro, esperando a que hablara.
-Pensaba en los chicos- confesó serio -Edward me preocupa-. Esme suspiró, y el bajó las piernas de la mesa, tomando a Esme por la cintura y posándola en su regazo. Hacía mucho tiempo que entre ellos había algo más que una amistad, pero lo mantenían en el más absoluto de los secretos. Cierto que sus hijos eran ya adultos y lo entenderían de sobra, pero no querían habladurías y rumores; en el rancho trabajaban muchos vaqueros y otras personas, y ambos lo preferían así.
-Algún día abrirá los ojos, y volverá a enamorarse- le consoló ella -cuándo aparezca la chica adecuada- Carlisle suspiró preocupado.
-Ya no sé que pensar- musitó -sabía que le costaría superar lo de Jessica, pero no imaginaba que se cerraría en banda a las mujeres-.
-Conmigo se porta muy bien- rebatió ella -y con la señora Cope, la secretaria; con la señora Harris...- enumeró ella, divertida y acurrucándose en su pecho.
-Ya sé que se lleva bien con la asistenta y las mujeres mayores de cuarenta años- replicó Carlisle, rodando un poco los ojos -me refiero a conocer a chicas jóvenes, a enamorarse... si sigue así, va a quedarse muy solo- Esme le dio la razón.
-Era una broma; pero debes tener paciencia; te lo vuelo a decir, algún día conocerá a la adecuada-.
-Ojalá lleves razón- expresó Carlisle, estrechándola contra su pecho -no sé que haría sin ti, y sin tus ánimos y consejos- ella negó con la cabeza, dejando un pequeño beso en sus labios.
-No tienes que agradecerme nada; te quiero, y todo lo que me preocupa a ti, me preocupa a mi- le recordó ella, mirándole con cariño -sobre todo todo lo que se refiere a los chicos- Carlisle sonrió a la alusión de sus hijos.
-Yo también te quiero- le dijo a ella de vuelta -¿sabes qué quería Charlie?- interrogó. Esme negó con la cabeza.
-Será mejor que vaya, entonces- volvió a besarla y ambos se levantaron, saliendo del despacho y encaminándose a la puerta principal.
-¿Nadie ha respondido al anuncio que pusimos?- la señora Filding, la cocinera del rancho, se había jubilado hace un mes, y no encontraban una sustituta. La señora Harris y Esme se ocupaban de la limpieza y mantenimiento de la inmensa casa, pero la buena señora ya era muy mayor, y sólo iba tres veces a la semana.
-Nadie- confirmó con una pequeña mueca -esperaremos un poco más- se dijo para si misma. Carlisle asintió, despidiéndose de ella guiñándola un ojo y encaminándose hacia los establos, en busca de Charlie.
Charlie Swan era el capataz del rancho, su mano derecha y el segundo al mando. Llevaba siete años en el rancho Killarney, y llegó en el momento justo; cuándo Phill, el viejo capataz, se jubiló, Charlie llegó a Hunstville buscando trabajo. Toda su vida había trabajado con animales, de modo que después de entrevistar a varios candidatos, Charlie se quedó con el puesto. Aparte de saber todo lo referente a la crianza de ganado, también llevaba las cuentas y supervisaba los registros de los animales junto con los contables y administrativos.
Hombre serio y reservado dónde los haya, le costó entablar confianza con su jefe, pero una vez pasaron los primeros meses, forjaron una gran amistad dentro y fuera del trabajo. Poco sabía Carlisle sobre su vida anterior, pero era un hombre que había tenido mala suerte. Era dueño de un pequeño rancho en el norte de Texas, pero unas malas inversiones, sumadas a las deudas contraídas por el juego, hicieron que lo perdiera todo, de modo que tuvo que ponerse a trabajar para poder saldarlas. Carlisle no quiso ahondar en la herida, preguntándole por qué se había dejado arrastrar por el póquer; además, al empezar a trabajar en el rancho Killarney ya no jugaba, y poco a poco fue pagándole a sus acreedores.
Al llegar al establo, allí se encontró a su amigo, acompañado de Jasper.
-Hola Charlie, hijo- los saludó a ambos -¿qué ocurre?-.
-Hemos recibido el informe del veterinario- le contó Jasper -para iniciar la cría de caballos; podemos cruzarlos con las yeguas sin problemas-. Carlisle asintió contento, mirando a los tres ejemplares negros que habían adquirido recientemente. Observó que Concord, el caballo de Edward, no estaba en su habitáculo.
-¿Dónde está Edward?- preguntó.
-Está en los pastos de la ladera norte, dónde hemos trasladado a los toros que adquirimos el mes pesado- le informó su amigo.
-¿Y Jake?- siguió interrogando.
-Ha ido a Houston, a ver esa yegua de la que nos habló el señor Buried y tantear un poco el precio- Carlisle asintió, mirando los animales. Sus hijos estaban tan familiarizados en los negocios del rancho, que tenían carta blanca para tomar ciertas decisiones. Jake tenía mucha labia, y era el que normalmente se encargaba de interactuar con posibles clientes.
-¿Cuándo vais a empezar?- les preguntó, señalando de nuevo a los alazanes que tenían enfrente.
-Si todo va bien, en tres días trasladaremos aquí las yeguas y veremos qué ocurre- dijo Jasper.
-Me parece bien; por cierto, ¿este fin de semana te vas a Forks?- le preguntó Carlisle a Charlie. Siempre que podía, iba a ese pequeño pueblo en el estado de Washintong, pero nadie sabía si iba a visitar a alguien en concreto, o simplemente a descansar allí. Éste asintió con la cabeza, animado y contento.
-Te veré el lunes entonces; mañana por la mañana salgo para una reunión en Dallas, y no regresaré hasta el sábado por la noche- les informó a ambos -por lo tanto, espero que os comportéis- Jasper rodó los ojos a la mención de él y sus hermanos.
-Tranquilo papá; ¿sabes que tenemos treinta años?- le recordó su hijo con sorna -bueno, a excepción de Edward- musitó con una sonrisilla malévola.
Carlisle ignoró la última aclaración de su hijo y se dirigieron a la puerta de los establos, cuándo sintieron un golpe seco, seguido de un intenso grito de dolor. Al volver presurosos al interior, se encontraron a Charlie tirado en el suelo, con una mano apoyada en el antebrazo derecho y muy pálido.
-¡Charlie!- gritó Jasper asustado, arrollidándose junto a él.
-Llama a Sam y a los chicos- le instó su padre; Jasper salió corriendo, mientras que él intentaba sin éxito reanimar a su capataz.
-Vamos amigo, no puedes hacerme ésto- musitaba Carlisle, preso de la desesperación-.
-Carlisle... Isab... Isabella- Charlie abrió los ojos, respirando con dificultad mientras pronunciaba ese nombre de mujer. Su jefe, pensando que deliraba, le instó a que se tranquilizara.
-No hables Charlie, aguanta- le decía.
-Isabella... Forks- la suplicante mirada de su capataz le conmovió; cuándo intentó preguntarle quién era Isabella, Charlie ya había perdido el conocimiento.
-¡Maldita sea!- bramó, zarandeándole suavemente- ¡no me hagas ésto!- al momento su hijo Jasper entró corriendo, seguido por Sam, el segundo capataz, y por Quil y Embry, dos de los peones del rancho.
-Hemos llamado a una ambulancia- le contó Sam a su jefe -estará aquí en pocos minutos-.
Trataron de reanimarle, hasta que vieron a los sanitarios acercándose a ellos. Esme también había oído los gritos y había acudido al establo. Justo en el momento en que los sanitarios empezaron a revisarlo, oyeron los fuertes relinchos de un caballo. Edward, alertado por uno de de los vaqueros, también acudió a ver qué había sucedido. Todos miraban con la respiración contenida cómo examinaban a Charlie.
-Los síntomas apuntan a un infarto de miocardio- les informó el médico -debemos trasladarlo inmediatamente al hospital-.
-Por supuesto; mis hijos y yo les seguiremos en el coche- asintió Carlisle.
-Vamos papá- Edward ya estaba saliendo a por el vehículo; los sanitarios trataron de estabilizar a Charlie, pero cuándo lo estaban introduciendo en la ambulancia, el monitor de las constantes se alteró, y un pitido ensordecedor inundó los alrededores.
-¡Se está parando!; ¡mierda, hay que iniciar maniobra de recuperación!- el médico de la ambulancia daba órdenes e indicaciones a sus colegas. Jasper, Edward, Carlisle, Esme y los trabajadores esperaban al lado de la ambulancia, con el corazón en un puño... hasta que un pitido ligero y constante confirmó el fatal desenlace.
-¡Joder!- bufó Edward, resoplando incrédulo.
-Carlisle...- éste se giró hacia Esme, que empezaba a sollozar. El médico se acercó a ellos al de unos minutos.
-Ha sufrido otra parada; lo siento, no hemos podido hacer nada- les informó cabizbajo. Carlisle no dijo una sola palabra, mudo de la impresión y del dolor, mientras que los sanitarios tapaban el cuerpo inerte de su amigo y certificaban su muerte.
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Tres días después, Carlisle y sus hijos se encontraban en la pequeña casa que había ocupado Charlie, ordenando y revisando sus pertenencias. Debido a que no dejó testamento y no se le conocían parientes vivos, la familia Cullen se ocupó de todo, dándole sepultura en el cementerio de Hunstville.
-En los armarios apenas tiene algo de ropa- dijo Emmet, entrando en el minúsculo salón. Edward y Jake estaban indagando por los armarios del salón, pero aparte de libros y de una pequeña televisión, allí no había nada.
Carlisle no hacía más que dar vueltas y vueltas en su mente al nombre que había pronunciado Charlie antes de morir.
-¿Charlie os habló alguna vez de una tal Isabella?- interrogó a sus vástagos. Los hermanos se miraron entre ellos, sin saber de qué hablaba.
-¿Por qué preguntas eso, papá?- interrogó Jake, frunciendo el ceño.
-Fueron las últimas palabras que dijo, antes de que llegara la ambulancia; Isabella... Forks- rememoró.
-Bueno; siempre que podía iba allí- dijo Edward, encogiéndose de hombros.
-Puede que sea alguien de su familia- propuso Jasper, entrando al salón y posando una pequeña caja en la mesa.
-¿No crees que si tuviera algún familiar, lo sabríamos?- le espetó su hermano pequeño, rodando sus ojos verdes. Jasper, ignorando por completo a su hermano, abrió la pequeña caja de metal. En ella había papeles y varios documentos bancarios. Edward cogió uno al azar, leyéndolo detenidamente.
-Son los extractos de su cuenta bancaria- informó a su padre y hermanos; siguió leyendo, hasta que se topó con un dato relevante -es curioso; todos los meses se refleja una transferencia a una tal Lucy McAdams al banco estatal de Seattle-.
-Eso está cerca de Forks- inquirió Jasper. Su padre asintió, hasta que su hijo Jake le entregó un sobre cerrado. Iba dirigido a Carlisle Cullen y su familia.
-Parece una carta- dijo Jake.
-Vamos- ordenó su padre -coged la caja; la leeremos en casa, nos esperan para cenar- sus hijos salieron delante de él, preguntándose cada uno en sus mentes el contenido de esa misiva.
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Una vez que cenaron, y de que Esme y una muy embarazada Rosalie recogieran la mesa, Charlie se dispuso a abrir la carta. Esme iba a dejarlos a solas, pero Carlisle le hizo un gesto de negación con la cabeza, y volvió a sentarse.
-También eres parte de la familia- la afectuosa mirada que cruzaron hizo que sus hijos disimulasen la sonrisa a duras penas, mientras que Edward resoplaba en silencio; todos ellos estaba al tanto de lo que pasaba entre Esme y su padre, pero se lo pasaban pipa viéndoles disimular.
Carlisle se dispuso a leer, ante la expectación general.
Amigo Carlisle:
Si has tenido que abrir este sobre, es señal de que algo ha ocurrido, y ya no estoy en este mundo. Ante todo, te doy mi más sincero agradecimiento por haberme dado una oportunidad, cosa que no tuve antes de recalar en el rancho Killarney.
Sé que no soy muy dado a hablar de mi pasado, pero es necesario que lo haga para que entiendas lo que voy a pedirte.
Antes de que perdiera mi rancho, mi vida era lo que podía llamarse tranquila y feliz. Tenía una esposa, una hija y un negocio que iba viento en popa. Pero las cosas se complicaron en mi matrimonio, y eso me llevó a refugiarme en el alcohol y el juego para evadirme de los problemas; mi adicción fue tal, que llegué a apostar los ahorros de toda mi vida, incluso mi negocio y mi casa... y los perdí. Contraje importantes deudas, y gracias a qué me ofreciste empleo, pude ir saldándolas. Por suerte, todas las deudas económicas están liquidadas.
No estoy orgulloso de ello, ya que esa situación derivó en otra mucho peor. Renee, mi mujer, me abandonó, llevándose consigo a lo que más quiero en el mundo; mi pequeña Isabella.
Durante tres años no pude localizarlas, hasta unos meses antes de recalar en Hunstville; cuándo me llegaron los papeles del divorcio para firmarlos, pude averiguar que Renee había vuelto a Forks, su lugar de nacimiento. Fui allí sin pensarlo, y cómo padre, me entenderás; quería abrazar de nuevo a mi pequeña.
Al llegar allí, mi ex mujer no estaba; se había fugado con un tipo mucho más joven que ella, dejando a mi hija al cuidado de su abuela, Lucy. Dado que mi situación económica en ese momento no me permitía cuidar de mi hija cómo yo quería, llegué a un pacto con la madre de Renne. Ella tendría su custodia hasta que cumpliera dieciocho años, y yo las ayudaría económicamente, con la condición de que Isabella pudiera terminar el instituto.
Puede parecer sorprendente, pero esa es la verdad. Ahora os cuadrarán mis viajes a Forks, a dónde iba siempre que podía para ver a mi pequeña.
Amigo, sé que quizá no tenga derecho a pedirte lo que vas a leer a continuación; nunca te he pedido nada, de ahí mi atrevimiento.
Ve a ver a mi hija, y ayúdala. Lucy nunca ha querido a Isabella, y si se ha hecho cargo de ella todos estos años, ha sido única y exclusivamente por el dinero que le mandaba. Si yo falto, mi pequeña estará sola. Cómo padre que ha criado a cuatro hijos, sé que entiendes mis motivos y por la amistad que nos ha unido, espero que la ayudes. Es muy buena y dulce, y ella sabe de todos vosotros, ya que siempre que voy a verla, les hablo del rancho Killarney y de la familia Cullen.
Gracias de nuevo por todo; sois un ejemplo de familia... la misma que a mi me hubiera gustado que Isabella tuviera.
Jacob, Emmet, Jasper, Edward... sois unos hombres increíbles, y los hijos que todo hombre querría tener.
A Esme, Rosalie, la señora Harris, Sam, los vaqueros... gracias, por hacerme partícipe de la gran familia que es el rancho Killarney.
Carlisle, amigo mío; sé que lo que te pido es muy delicado, y más después de no haber mencionado nunca nada acerca de mi hija; tomes la decisión que tomes, de antemano te lo agradezco.
Gracias por todo, una vez más.
Charlie Swan.
Carlisle acabó la última línea de la carta, quedándose mudo de la impresión. Ahora entendía las últimas palabras de Charlie, y su mirada suplicante. Sus hijos no sabían qué decir, y Esme menos.
-¿Charlie tiene una hija?- preguntó Emmet, patidifuso, al cabo de unos minutos de asimilación.
-Eso parece- contestó Edward con una mueca perpleja -por lo menos, ahora entendemos las transferencias al banco estatal de Seattle-.
-¿Ninguno sabíais nada?- les interrogó su padre.
-Nada- contestó Jasper, en nombre de sus hermanos -y no creo que Sam y los chicos sepan algo tampoco; se les habría escapado alguna vez-.
-¿Qué vas a hacer?- interrogó Jake, que había permanecido callado. Su padre suspiró, tomando la palabra.
-No sabemos qué edad tiene, ni nada acerca de ella; pero habrá que decirle lo que ha pasado con su padre; eso para empezar-.
-Por supuesto- le dio la razón Esme. Rosalie, que había echado un vistazo a la caja, les tendió una foto que estaba en el fondo de ésta; en ella se veía a Charlie con una niña de unos once años, con el pelo castaño y ojos chocolate.
-Es ella- dijo Esme al momento -sus ojos son cómo los de su padre- la foto fue pasando de mano en mano.
-Mirad ahí dentro- señaló la caja -debe haber alguna dirección o teléfono-.
-Si no lo hay, se puede hablar con el banco de Seattle y dar con la casa de la abuela a través de él- propuso Edward, observando la fotografía de la pequeña -yo puedo encargarme-.
-¿La vas a traer aquí?- interrogó Rosalie a su suegro.
-Sería cómo tener una hermanita pequeña- exclamó Jake, cual niño pequeño. Su padre le hizo un gesto para que frenara su entusiasmo.
-Lo primero de todo es ir a verla, y explicarle lo que ha pasado; además, si Isabella sigue siendo menor de edad, su abuela tendrá todavía su custodia- les advirtió.
-La foto no parece reciente- observó Esme -y por lo que deja entrever la carta, me inclinó a pensar que Isabella ya estará en el instituto-.
Carlisle seguía en silencio, meditando las palabras y el ruego de su amigo. Sabía lo duro que era ser padre en solitario, y podía imaginar el sufrimiento de su capataz todos estos años, trabajando por y para su hija, y para colmo, no poder tenerla con él. Tomó de nuevo la palabra, informando a sus hijos que una vez averiguaran la dirección, iría a verla.
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Cuatro días después, y acompañado por Esme, se dirigían al coche que habían alquilado nada más aterrizar en el aeropuerto de Seattle. Finalmente dieron con la dirección de Lucy McAdmas, pero cómo no tenían teléfono, no pudieron advertirles su visita. Condujeron una hora por los verdes parajes de la Península Olimpic, hasta que se detuvieron en frente de una pequeña casa, vieja y destartalada. Ambos se miraron, un poco sorprendidos.
-Es aquí- confirmó Esme, después de revisar de nuevo la dirección en el papel. Salieron del coche y se encaminaron a la puerta; el jardín estaba en mal estado, y ni qué decir el porche y la fachada de la casa, que necesitaba urgentemente una buena mano de pintura y una reforma a fondo.
El timbre no funcionaba, de modo que llamaron con los nudillos. Al no obtener respuesta, volvieron a insistir, hasta que oyeron pasos apresurándose a la puerta. Se quedaron muy soprendidos; esperaban a una adolescente de unos quince años... pero no era tal.
Una chica, vestida con unos viejos vaqueros y una raída sudadera gris apareció en el marco de la puerta. A pesar de las viejas ropas que llevaba puesta, Carlisle y Esme se dieron cuenta de que era una joven muy bonita, de unos dieciocho o diecinueve años, de tez pálida y ojos chocolate grandes y expresivos. Su largo cabello castaño estaba recogido en una coleta.
-¿Les puedo ayudar en algo?- interpeló la joven, con un tono tímido y amable.
-¿Isabella?- preguntó Carlisle, sorprendido.
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bueno mis niñas, aqui esta el fic de Sara Cris Cullen, disfruten y comenten...
domingo, 22 de abril de 2012
La Bestia del Castillo
Él perdió todo cuando perdió a su esposa, La Bestia del Castillo negro fue su sobrenombre y se ajustaba a la descripción, hasta que apareció ella, la necesidad de ser el líder le llevo a buscarla, la dulzura de ella lo llevo amarla.
Ella acostumbrada a arreglar los desastres de su hermano se entrego a cambio de su liberación a un matrimonio donde lo único que le ofrecían era dolor y rechazo, supo cambiar su suerte con nada más que amor.
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Prologo
-necesitas un hijo Edward, si deseas seguir con el legado familiar y como señor de estas tierras- dijo mi tío Carlisle.
Jefe mayor del consejo.
-¿entonces esas son las ordenes del consejo? ¿Debo casarme de nuevo?- pregunte serio.
-sí, me temo que sí. Ya han pasado 3 años desde… ella y no es sano que sigas solo. Además debemos hacer algo. Los rumores de que… bueno las cosas alrededor de su muerte digamos que no son halagadoras para ti-
-te refieres a que me siguen considerando la “Bestia del castillo negro” y asesino de mi esposa- pregunte mientras recordaba el apodo que me dieran al poco de enterrarla.
-Exacto. Llevas tres años viudo y disponible. Y hasta ahora a pesar de ser líder del clan más poderoso, nadie te ha ofrecido esposa. Eso habla por sí solo de tu reputación. O de la falta de ella-
-bien, buscare una ¿Cuánto tiempo me dan?- pregunte
-un año, para que el primer hijo este en camino como mínimo- dijo serio.
-¿un año? ¿Están locos? Ni siquiera tengo prospecto de esposa… bien un año- dije molesto cuando su expresión me dio a entender que el tiempo no es debatible.
-avísame cuando este embarazada y suerte con eso- dijo antes de abrazarme y retirarse con su gente.
-Jasper, tengo una encomienda para ti- dije en cuanto mi primo entro.
-tú dirás Edward-
-me traerás una esposa- dije.
Me miro serio.
-¿rubia, morena, pelirroja….? ¿Viva? ¿De esta tierra? ¿De la tienda de esposas? ¿O me la saco de la manga? Ah mira casualmente traigo una… ¡¡¡metida en culo!!! ¡¡¡¿Estás loco?!!! ¡¡¡¿Dónde quieres que te consiga una esposa?!!!- pregunto sacando su dosis diaria de sarcasmo.
Solo que esta vez no tengo humor para sus pendejadas.
-¡¡me traerás una esposa!! - ladre mientras lo tomaba por la camisola y lo levantaba del suelo - la hija de Charlie Swan. Intercambiaremos al hermano por ella- dije.
Lo baje pero no lo solté.
-¿tomaras de esposa a una mujer cuyo clan está en la ruina usando a su hermano prisionero para conseguirlo?- pregunto sin sarcasmo, pero igual sono mal.
-sí, es según dicen es joven, lleva el castillo desde hace mucho y no es rubia, tiene vagina no necesito más- dije soltándolo de mala manera.
-eres un maldito cínico, iré por ella y espero que te apuñale por la noche- escupió más que molesto.
-¿para tomar mí puesto Jasper?- pregunte.
-no idiota, para decir te lo dije. Imbécil- dijo caminando hacia la puerta.
-¡¡¡lárgate antes de que te mate!!!- respondí furioso
-¡¡¡¿si me matas quien te consigue la esposa?!!! ¡¡¡Pendejo!!!- grito antes de azotar la puerta del estudio con fuerza.
Desde que me negará a liberar al joven Swan, él ha estado de mal humor. Molesto es poco pero definitivamente lo está conmigo. Pero sé que de todos modos cumplirá mis órdenes, es mi mano derecha, mi mejor amigo y mi familia. Sin importar lo que piense, cumplirá.
-Edward ¿Qué es eso de que te casaras con la hermana de Swan?- pregunto Emmet, mi otro mejor amigo y hombre de confianza también. Mi guardia personal.
Un guerrero incomparable, sin padre por lo que no tiene apellido, aunque no lo necesita, se ha hecho de un nombre solo con sus habilidades para la batalla.
-el consejo quiere que en un año a partir de una semana, tenga un heredero en camino, así que como vez no tengo tiempo para buscar, el tipo ese me facilitará mucho las cosas- dije.
-¿estás seguro Ed?- él y Jasper son los únicos que me llaman así y nunca en presencia de otra persona.
-no, pero tampoco tengo muchas opciones, tengo 28 años Emmet, tres de viudo y ningún hijo, necesito una esposa. Espero que no sea un trapo con faldas- dije considerando que no la conozco.
-bien, entonces… en hora buena- dijo antes de retirarse.
¿Casarme de nuevo?
¿Tener una mujer permanente?
¿Hijos?
Vaya.
Ser jefe del clan exige mucho. Me está exigiendo la mitad del alma, que es todo lo que me queda. Pensé en la noche de bodas. Me excite de anticipación. Llame a Irina, la prostituta del pueblo.
Después de pasar la noche entera satisfaciendo mis necesidades de hombre, la deje ir. No sin antes pagarle bien por supuesto. Llego el día. Pase entre papeles, encomiendas, planes de extensión y mapas.
-Edward, hay un reporte de unos forajidos que robaron el ganado de un pueblo cerca del límite- me informo Garrett, mi terrateniente.
-bien, vamos ahora mismo. Les enseñaremos a no meterse con los súbditos del clan Cullen- dije mientras tomaba mi espada y salía.
-señor todo está listo- dijo Laurent.
Un tipo sarraceno, oscuro de piel como la noche, pero fiel y honorable como mi padre. Mi capitán de seguridad, siempre pegado a mí al cruzar la puerta principal del castillo.
-vamos- dije antes de montar en mi caballo y partir a todo galope.
Tardamos dos días y medio en encontrar a la banda y matarlos a todos.
En mis tierras no hay segundas oportunidades. No las hay para nadie. Regrese de noche, me lave apenas y me arroje a la cama. Para el siguiente amanecer mi nueva esposa estará en el castillo. Su casa está a tres días de camino. Jasper seguramente se habrá hecho uno y medio.
Bella pov
-¿a mi?- pregunte sin entender nada aunque todo es claro.
-si hija, me temo que así es. Sí te casa con él, no solo liberará a tu hermano, sino que proveerá al clan de todo lo necesario para recuperarnos, alimento, soldados, herreros, carpinteros… de todo. No te obligare pero… ¿Lo harás Bella?- pregunto mi padre con toda la esperanza pintada en su semblante.
Desde que mi madre muriera junto con el tercer hijo de ambos 18 años atrás y que no se casara de nuevo, había trabajado como loco para mantener al clan en el mejor de los términos pero los últimos años, entre enfermedades, plagas y una mala suerte que parecía no tener fin el clan había perdido todo. Siendo por ello blanco de constantes ataques de clanes más grandes y que lográbamos sortear por la ferocidad de los habitantes. Fieles a mi padre. A mi familia.
Casarme ahora le da la oportunidad a mi pueblo de seguir siendo autónomo y quizá seguir siendo de mi familia, ya que mi hermano es el heredero. Si logra dejar de ser tan impulsivo. Con 24 años se cree todo un guerrero y siempre está buscando problemas. Y ahora nos ha arrastrado con él. Yo, apenas 2 años menor que él, he aprendido a resolver sus metidas de pata. Y esta no será la excepción, solo que ahora me costará mucho más que unas monedas de oro.
-no necesitas preguntarme padre, haz lo necesario- dije mientras trataba de mantener a raya mis lagrimas.
-entonces creo que tenemos un acuerdo señor Cullen- dijo mi padre al hombre castaño rubio, alto y de ojos azules.
El emisario de Edward Cullen, la Bestia del Castillo Negro, mi futuro esposo.
-llámeme Jasper, el Señor Cullen es su futuro yerno. Mi lady quizá quiera preparar su cosas de inmediato, partiremos en tres horas, lista para ello o no- dijo dirigiéndose a mí al final.
-estaré lista y de no estarlo me esperara. No es una canasta lo que está llevando. Si entendí bien pronto seré su señora. Empiece a mostrar respeto- dije antes de salir tan lentamente como pude.
Aun cuando el deseo de correr es enorme, correr a los brazos del hombre que amo, el hombre con quien pensé que pasaría mi vida. Jacob.
Camine rápidamente atravesando la cocina y el establo hasta llegar a donde entrenaba con los hombres voluntarios para cuidar el castillo. Apenas me vio salto la valla caminando hacía mi.
-cariño ¿Qué pasa?- pregunto cuando mis lagrimas incontenibles ahora salían a toda prisa.
-mi padre me ha prometido a Edward Cullen- dije mientras lo abrazaba.
Enterarse por mí es lo justo.
-¿a la bestia del castillo negro?- pregunto mientras me abrazaba más fuerte.
Como si eso impidiera que me fuera.
-de todos los titulo y nombres que mi señor posee, ese es el que menos aprecia- dijo una voz a casi nada de distancia.
Me separe solo para ver al emisario con la furia en los ojos y la mano en la espada. Jacob se puso entre él y yo, cubriéndome y listo para la batalla.
-estoy seguro que ha escuchado los mismo rumores que yo, no creo que sea nuevo para usted- dijo Jacob con la seguridad de siempre.
-¿acaso eres su prometido o novio o algo para abrazarla así? ¿Tienes algún pacto firmado? ¿Algo que los una?- pregunto ignorando el comentario de Jacob.
-no- dijo Jacob.
Esperábamos el invierno para ir a su casa y hablar con sus padres. Pediría mi mano en primavera y nos casaríamos en verano. Ya no podrá ser. Nunca.
-bien entonces me parece señora que debería arreglar sus cosas, mi señor la espera para llevar a cabo el matrimonio y en base a eso seguir con lo acordado- dijo amablemente el hombre pero igual no me pareció sincero.
-me tomare el tiempo que necesite y trate de impedírmelo, su señor tendrá que estar sin mí un poco más, si ya espero tres años por una esposa bien puede esperar unas horas más-
-mi señor no esperara más de lo realmente necesario. Recuerde que aquí quien más gana es usted y su clan- dijo furioso.
-el único que gana es su señor, yo no lo considero ni por un minuto un premio, pero él en cambio no ha reparado en tomar la desgracia de un hombre para su beneficio ¿No tiene otra mujer más cerca para darle herederos que tiene que buscar entre las hermanas de sus prisioneros?- pregunte con todo el odio que pude juntar.
-usted se casara con mi señor le parezca premio o no, no hay manera de que se salve de esto, si tiene algo que reclamar hágalo a su hermano, después de todo por él está en esta situación. En cuanto a los herederos de mi señor ¿para qué cree que es necesaria?- pregunto el hombre con el mismo tono -a menos que lleve la semilla de otro hombre, en tal caso toda negociación queda cancelada. No le llevare a mi señor una mujer preñada- dijo mirándome de arriba abajo.
Fue más de lo que pude soportar. Me dirigí a él y sin impórtame que sea más alto que yo, fuerte y además armado, cruce su rostro con mi mano, tan fuerte que me dolió el brazo entero.
-es de sobra conocido que su señor espera poner su semilla él mismo- dije antes de alejarme a paso seguro hacía la torre.
Directo a mi habitación.
Para cuando entre una de las mujeres ya tenía mi ropa fuera y estaba guardando algunas cosas en un baúl. Con su ayuda termine antes de lo que me habría gustado. Baje a despedirme de mi padre. De la gente de que trabajaban en el castillo y aunque ya no pude perderme entre sus brazos, de Jacob.
Un carruaje esperaba por mí, me subí y se movió lento al principio, con un poco mas de rapidez al salir del pueblo. El hombre de los Cullen cabalgaba a un lado. Serio y sin mirarme. Perdido en sus pensamientos o furioso por el golpe que le propine.
Muchas leguas después y apenas una horas que para mi fueron días el hombre me dirigió la palabra.
-señora entiendo que no está acostumbrada a viajar por tanto tiempo pero no podemos estar deteniéndonos cada hora, tengo un tiempo de plazo y se acabará antes de siquiera estar a la mitad del camino- dijo el tipo mientras yo trataba de retrasar todo lo posible la llegada.
-lo siento, no soporto un momento más dentro del carruaje. Es cansado ir en la misma posición- dije mientras me negaba a subir de nuevo.
- bien señora, no me deja otra opción, Ramal tu caballo- pidió a un hombre más bajo que él- te irás en el carruaje y te aseguraras que llegue el equipaje de la señora- dijo dirigiéndose al tipo- señora súbase- dijo mirándome.
-¿Qué? ¿Pretende que cabalgué hasta allá?- pregunte.
-si, súbase a ese caballo por su voluntad o la llevaré en el mío como saco de papas- dijo mirándome furioso.
Habla en serio.
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Mis niñas, aquí esta la nueva historia de esta servidora, espero les agrade. Esta historia esta los lunes, Besos y abrazos!
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